Fin de curso político

…y llegó agosto, el mes en que se para el país. La actividad diaria se detiene; las prisas, los atascos, el estrés, un “break” para la rutina… Somos españoles y pese a la situación que vivimos toca irse de vacaciones a la costa, al extranjero, a la fiesta del pueblo, o a cualquier lugar; esto no lo perdonamos. Por otro lado, ha pasado ya más de medio año y cuando queramos darnos cuenta, vendrá el próximo.

El curso político también hace un alto en el camino y muchos de nuestros dirigentes se van también de vacaciones. Atrás quedan siete meses de auténtico vértigo  y tras esta pausa, no quepa duda que tendremos un “otoño caliente”.

Muchas cosas siguen igual: Rajoy y el PP todavía defienden y protegen a los corruptos; otras han cambiado: Zapatero ha metido el turbo e iniciado serias reformas estructurales renunciando a muchas de sus consignas en el camino. También ha cambiado la relación gobierno – sindicatos, el debate catalán al rojo vivo y la izquierda minoritaria en el parlamento cada vez más anclada en el siglo XIX con sus discursos.

Durante este mes tendremos más y más sobre candidatos, los abusos de los controladores aéreos y a Cospedal despotricando contra el Estado de Derecho y las fuerzas de seguridad del Estado. Esto será ya un clásico, algo así como la típica canción hortera de cada verano y lo mejor es que esta buena señora sigue sin enterarse de qué va la película, sigue siendo igual de inútil y demagoga.

De vuelta al nuevo curso, una huelga general convocada donde podremos ver la fuerza con la que cuentan los sindicatos. La agenda política la marcará la recuperación o la no recuperación económica, los presupuestos del Estado y la intensa precampaña electoral, camino a unas elecciones de especial importancia por  la coyuntura política, social y económica en que se celebrarán. Pero de esto tendremos tiempo de hablar.

Ahora destaco un asunto que ha saltado de nuevo tristemente a la actualidad en estos meses: la cuestión de las todavía no reparadas víctimas del franquismo. Hemos contemplado la bochornosa situación de la justicia española, con juez perseguido y castigado por intentar hacer justicia.

Los que hoy pedimos reconocimiento para las víctimas no somos violentos, ni radicales ni queremos volver a las dos Españas: simplemente pretendemos poner punto y final al franquismo. Queremos que los cuerpos de los cruelmente exterminados salgan de las cunetas y que las condenas penales ideológicas no sigan en pie. Muchos países donde sucedieron barbaries similares ya han hecho lo propio y Naciones Unidas avala la idea.

Nuestros abuelos lucharon –y algunos murieron– por la libertad, nuestros padres gritaron por ella y cuando la tuvimos, hubo cosas que no hicimos bien: recuperar la memoria con dignidad y sin rencor. Aunque parezca ridículo, parece que hoy sigue faltando libertad para reclamar justicia; todos lo hemos podido comprobar. Si ahora vivimos en un país libre, es justo reconocer a los que lucharon por conseguirlo y siguen bajo las cunetas o tapias del cementerio.

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