Actividades privadas con proyección pública

Dentro del sistema parlamentario, el Jefe de Estado es la máxima autoridad y representa la unidad y la continuidad del mismo. Su conducta debe ser ejemplar e impecable. Por ello, aunque con un lógico derecho a la intimidad, el Rey es rey en lo público y en lo privado, debiendo responder por sus hechos. Cuando una persona adquiere proyección pública -en este caso la máxima-, parte de lo que podríamos entender como vida privada tiene un interés o precio público. Muchas actividades privadas del monarca nos conciernen. Esta sobre todo.

Juan Carlos cometió un error muy grave abandonando sus responsabilidades para irse a esa cacería, actividad que por otro lado considero despreciable. Su deber era estar junto al presidente del Gobierno mientras España atravesaba un momento económico muy delicado y tomaba fuerza la anunciada nacionalización por parte de Argentina de la filial de una empresa española.

Con su error, arroja una imagen opulenta y grosera a un país ahogado por los recortes, contradiciendo además su propio discurso de Navidad sobre la ejemplaridad de los representantes públicos, cuando tuvo que salir en su propia defensa por el escándalo de corrupción de Urdangarín. De la misma manera que el Alcalde de Santiago, Gerardo Conde Roa, ha pagado un precio público por lo que podríamos considerar actividad privada, el Rey debe hacerlo también. Hay que exigirlo.

Que Rubalcaba justifique un silencio vergonzoso por tratarse -a su entender- de un viaje privado del Rey no tiene ningún sentido. Es algo propio  de un “líder” que no sabe dónde está ni dónde quiere estar, sin querer saber tampoco donde quieren sus militantes que esté. Los partidos y el gobierno tienen mucho que decir, entre otras cosas, porque representan a muchos que queremos que se pronuncien.

El papel de la monarquía española en el pasado reciente ha podido servirla para justificar sus privilegios durante demasiado tiempo. Que en 2012 tengamos que justificarla por lo que hizo en el pasado porque, como resulta evidente, no podemos hacerlo por lo que hace en el presente, significa que falla y que hay que cambiarla. El descrédito y la nula conexión con los españoles se la ha ganado ella solita. Algunos confiados creen que la solución es darle al Príncipe Felipe una oportunidad. Yo creo que, una vez alcanzada la madurez política en una situación muy distinta a la de 1978, los españoles debemos poder decidir de una vez qué forma política de Estado queremos y hacer que funcione.

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